Y entonces

[entrevistas]Una montaña de cielo llegaba hasta la tierra, recortando su silueta con árboles y plantas de otras variedades.

Aves y aviones, a veces, tocaban el suelo sin caerse y miles de estrellas, en las noches, brillaban desde abajo.

El agua discurría por la bóveda terrestre en miles de cauces que nacían arriba, en el suelo, sin que hubiera peligro de que se cayeran; sólo la evaporación lo transportaba hasta el cielo, abajo.

Yo andaba por allí y a veces me inclinaba para ver cómo la mayoría de los árboles crecían en horizontal. El tronco de ellos salía de la tierra a una distancia (sus ramas) prudencial del suelo, arriba, y del cielo, abajo, para que sus ramas, dependiendo éstas del tamaño del árbol, flotaran, mientras yo flotaba también, aunque de lado, para verlo mejor.

¡Bendita oscuridad que alumbra mi sosiego!

En las noches estrelladas, desde el cielo, salen chorros de luz hacia lo alto, que alumbran la tierra que abarca desde el horizonte hasta lo inimaginado, arriba, donde las luciérnagas brillan y todos los animales nocturnos caminan boca abajo, hasta las aves de la noche, que hacen incursiones en la montaña celestial, todas.

Una montaña de cielo, con sus cumbres penetrando en la tierra, no tiene fin; por abajo todo el Universo lo delimita. De día no se aprecia y cuando llega la noche, se ilumina con la luz de la estrellas y con el reflejo de su luz en cualquiera de las rocas que vagan de un lado a otro por el mismísimo suelo, el cielo.

¡Bendita insensatez, tan necesaria!

Hay quien sólo ve lo que se ve, sin entrar en detalles.

Y mientras esto era así, yo estaba en mis aposentos, dejando que la locura que los otros ven en mí, o imaginan, circulara por mi mente, aunque triste, porque no era casi nada, como yo quería. Y estaba afligido, pero lúcido.

Nada interfería, ninguna cosa. Nada me aturullaba, sólo yo, lo que soy.

Y quería saber… ¡Ni que fuera tonto! ¡Saber! ¡Casi ná!

Quería saber por qué al cielo siempre le vemos cambiado de postura, y la tierra también. Quería saber por qué el ruiseñor es un pájaro y yo no, aunque puede que si hubiera puesto más empeño en ello, hubiera podido llegar a serlo.

¡Bendita locura, tan inexpresiva cuando uno quiere!

Dame la mano y ven, acompáñame en las noches en las que no puedo volar y dime qué canción debo cantar, aunque no rime, que alegre mi infortunio para que pueda despegar del cielo, desde su cumbre más alta, y llegue hasta la tierra, a su valle más profundo.

Y pensando, me quedé embobado oyendo el silencio (-“Y el niño se hizo hombre sin que me diera cuenta”- pensaba): ¡Cómo suena! ¡Hasta duele a veces, al oírlo!

¡Bendito silencio! Roto por un estruendo abominable que atraviesa la noche, hasta que vuelve en su máxima expresión, y me lleva al punto de lucidez máxima al que soy capaz de llegar y entonces, una vez allí, veo lo que voy a ser cuando esto se extienda por el mundo, pero no me importa porque lo prefiero a no ser nada.

Y otra vez allí, sé lo que se va a pensar de lo que soy, pero no porque sea más listo que nadie, sino sólo porque es evidente lo que se va a pensar.

Y lo que también sé es que todo debió ser de otra manera y no fue, y que no es como debe, por una causa que desconozco. Por eso quiero saber, ¡saber! ¡Casi ná…! ¡Ni que fuera tonto!

¡Saber…! ¡Ya ves tú!

Y en vista del claro desconocimiento, busco el lugar desde donde mirar, para ver si por fin veo, y me voy hasta allí porque sólo desde la más alta montaña del cielo, entregándose a la tierra, veo todo lo mejor que puedo, y desde allí, sentando en una de las ramas que salen en horizontal del tronco de un árbol que se extiende libremente entre el suelo y lo divino, soy capaz de adivinar la confusión que me llena y eso hace que esté triste porque siempre quise seguir siendo como fui, un idiota que creía que la vida era otra cosa. Y mira tú por dónde… es lo que es, con algo siempre mal hecho, pero llena de buenas intenciones de corto recorrido, pero que puede que algún día cambie. Y entonces…[/entrevistas]

Textos de Jose Luis Rodriguez “Isthar” de su nuevo proyecto Morcuende.

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