Sigulka “Black Storm”

Cuando fui infiel,
lo fui noblemente, de hotel en hotel;
cuando lo fue ella
lo fue por sorpresa en Navalagamella. (Javier Krahe)

La armonía de la canción Black storm se repite una y otra vez. No tiene nada que ver con el verso de Javier Krahe que encabeza este texto. Es sólo música. Un violín sobre todo y una poderosa guitarra eléctrica. Y se te mete tanto en la cabeza que lo llegas a tararear. ¿Se puede tararear una canción sin letra, sólo instrumental? Sí, ya nos pasó con esa rumbita de Paco de Lucía que se llamó Entre dos aguas. Así que te pones a curiosear sobre de dónde viene ese violín y esa guitarra, y esa secuencia repetida y te enteras de que es de un grupo que se llama Sigulka y que se han formado en la localidad madrileña de Navalagamella. El mismo lugar en el que el mencionado Krahe descubrió la infidelidad de la mujer de sus sueños, aunque confesara que alguna vez, de hotel en hotel, también lo había sido él.

¿Son infieles Sigulka? Yo creo que sí. En el mejor de los sentidos. Le son infieles a todos los estilos de la música, revierten el orden establecido y crean un sonido personal, un universo propio que cuesta imaginar que se hayan gestado en las entrañas de esa zona de la provincia de Madrid a medio camino de la meseta castellana y las serranías que llevan a Gredos. Zona de Cañadas Reales, de trashumancia y pastoreo de folklore ignoto, pero rico. De instrumentos rudimentarios. De gentes de natural sencillas que sólo pretenden vivir la vida si sobresaltos.

La música de Sigulka es lo contrario. Un golpe en el estómago. Un regreso al rock que nos encandiló a los 17 años, cuando escuchábamos a Gwendal o Alain Stivel, a Jethro Tull, Tin Lizzy y Status Quo en las oscuridad de la habitación alejados de los gritos de nuestros padres que nos regañaban porque no entendían que nos gustara esa música ruidosa.

Pero estamos en la segunda década del siglo XXI. El rock, han dicho muchas veces, está muerto. Lo escuchamos de vez en cuando a críticos sesudos que no se han molestado en traspasar más allá de sus narices. Y si precisamente el rock de peso, el de las guitarras poderosas y batería metralleta, ha sobrevivido a pesar de esos agoreros que sólo escuchan el rock de niñatos, ha sido gracias a la incorporación de sonidos folkies que nos retrotraen a nuestro pasado, a lo que todo el mundo lleva en el ADN sin darse cuenta. No nos hemos reencarnado, hemos heredado gustos y sabores, sonidos de nuestros ancestros. El rock es producto del siglo XX; el folk, de toda la vida. Cuando esos dos elementos se unen, la cosa es imparable.

En esas está Sigulka, el grupo que se estaba necesitando en la provincia de Madrid, aparentemente ajena a ese espléndido momento que el folk metalero tiene en todo el mundo y también en España, a pesar de que también otros listos le desahuciaran ante la inactividad aparente de bandas como Mägo de Oz o la frustrante reaparición de Ñu.

En realidad, lo de empezar con lo de Krahe y Navalagamella era un recurso absurdo para explicar lo inexplicable que es todo. Krahe hizo mención a ese pueblo, que jamás visitó según confesión personal, sólo por la rima, y Sigulka es de ahí por avatares de la vida, sin ninguna razón lógica salvo los misterios del destino. Lo forman, básicamente, la violinista búlgara Margarita Todorova (por cierto, sigulka significa violín en su país), profesora de música en la localidad vecina de Valdemorillo, donde también da clases Freddy, el contundente bajista de la banda. Juan Acebo pone la escalofriante guitarra y la voz, Dan Magana también le da a las cuerdas y todo se ancla al ritmo implacable y preciso del martillo pilón de Cristian Velasques en la batería.
Músicos de diversa procedencia que con su propio estilo y personalidad, enganchan con eso que hacen en Rusia bandas como Arkona o Fleryllt, por poner un par de ejemplos, en Irlanda Chruachan, en Italia Furor Gallico, Yggdrasil en Suecia, Adorneed Brood en Alemania, Ensiferm en Finlandia, Waylander en el Reino Unido y que se extienden hasta Sudamérica con los brasileños Tuatha de Danann o los argentinos Tengwar o Skiltron. Tirando de etiquetas, todo eso que llaman pagan, metal celta, folk rock y lo que se le ocurra a los lumbreras de turno y que no es otra cosa que música del corazón de un folklore imaginario y sin tierra que escoge lo mejor de cada cosa y de cada casa. Del rock, la contundencia y la energía; del folk, la sutileza y la sencillez.

España es celtíbera, en su ADN también hay sentimiento tribal, el mismo que expresa Sigulka en cada una de las canciones de su disco debú, Black Storm, casi todas instrumentales salvo un par de ellas cantadas. Agresividad que calma el violín, contraste de evocaciones sonoras que cada uno puede llevar al lugar imaginado que quiera y fiereza para sacudirnos de la modorra reinante y la mediocridad.

No están solos, afortunadamente, hay más bandas por aquí, como los bilbaínos Incured, sin ir más lejos, Ars Amandi en Castilla, Judith Mateo desde Cuenca, los manchegos Celtiberian, los asturianos Taranus o los gallegos Crayin Volves, entre otros muchos grupos, haciendo cosas parecidas a las suyas.

Rock del siglo XXI ahora que ya no nos tenemos que encerrar en nuestra habitación para que no se enfaden nuestros padres. El rock de ahora que en unos años se estudiará como folk. Sí, el rock es el folklore del futuro, y Sigulka se ha adelantado.

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