Que nuestros menores puedan acudir a conciertos

En uno de los recuerdos más preciosos que tengo de un concierto aparece, brilla, un chico de unos quince años con una camiseta negra de Iron Maiden que entona a gritos una canción. Es un festival en el norte de Francia y, sobre el escenario, el gran Dominique A (que entonces acaba de rebasar la treintena) pone en escena Remué, su quinto álbum, acompañado por su banda. La cara del muchacho se inunda de sudor a la vez que de éxtasis mientras berrea con su voz de gallo y yo no puedo parar de reír, emocionándome. Se sabe la letra de memoria. Puede que fuera una de las más clásicas de ese disco, “Je suis une ville” (la que empieza con eso de “Yo soy una ciudad de la que muchos se han ido…”) Apuesto a que el chaval de la camiseta de Iron Maiden la ha escuchado decenas de veces.

He pensado a menudo en esa escena. En ese festival de la pequeña villa de Vendôme donde parejas de cincuentones, modernos indies y chavalillos callejeros tan fugaces como sus monopatines atendían en perfecta sintonía a la actuación del gran Dominique, de Piano Magic, de June of 44 o de Barbara Manning. Quizá pasaban por ahí, quizá en Vendôme no hubiera muchos más acontecimientos a los que acudir en todo el año. Pero me sacude por dentro pensar en La Diferencia de nuestros vecinos franceses, en su amor por la música como gran acontecimiento cultural y vital. Lo que es peor es que también, y tal es el motivo por el que escribo todo esto, lo recuerdo cada vez que compruebo el hecho de que los menores, niños, adolescentes, están vetados en la mayor parte de los conciertos de Pop (entiéndase como gran etiqueta donde rock, electrónica, hip hop o mambo son bienvenidas) de la comunidad de Madrid.

Este hecho indignante sucede desde hace demasiado tiempo. Al menos desde que en 2002 se aprobara en Madrid ese absurdo (posiblemente anticonstitucional) que es conocido como Ley Antibotellón. No me apetece cansarles a ustedes con mi impresión sobre la nula influencia positiva de tal medida de control sobre el alcoholismo infantil y juvenil (en realidad lo que pienso es que es contraproducente). Pero sí conviene recordar que dicha absurdidad está actuando al modo de una vieja y sutil censura cultural, consiguiendo lo que el Mercado con sus modas de ida y vuelta no logra: impedir que exista un público natural (o sea muy joven) en los conciertos de Pop de la comunidad de Madrid y de otros muchos lugares en España.

Así somos. La hipocresía tan natural en estas tierras carpetovetónicas tan nuestras, conduce a que un niño de 12 años pueda saltar un cercado en las fiestas patronales para correr delante de una vaquilla, un chico o una chica con 16 años se pueda casar, tener hijos y abortar, pero no puede votar a su alcalde o hacerse un tatuaje (sin permiso paterno). Cualquier menor puede entrar a un bar cualquiera con su buen surtidito de decenas de botellas de bebidas espirituosas de toda clase y acodarse a la barra para ver una corrida de toros o el Sálvame Deluxe. Incluso, si les apetece y tienen más de 12 años, pueden presenciar la corrida en vivo en cualquier plaza sin acompañamiento ninguno. Pero no pueden entrar a un concierto de Pop en una sala porque en su barra se venden bebidas alcohólicas y ello vulnera la ley anti-botellón. No pueden, ni siquiera acompañando a su padre, ni aunque su madre sea la que actúa esa noche.

Como lo oyen. Lo más, vamos a decir, divertido de todo esto es que ningún menor e incluso niño (acompañado por adulto responsable) tuvo ningún problema para acceder a ese evento llamado Rock In Río Madrid, también llamado por algunos periodistas en su día como “el festival de los niños” o “el festival de las familias”. En otros eventos mucho más interesantes y dignos como el festival Primavera Sound disponen de un servicio de guardería y programan conciertos de Mini-música, lo cual me parece estupendo.

O sea, que lo que se está penalizando es a las salas pequeñas y hasta medianas de Madrid (si mediana es La Riviera con aforo de hasta 2500 personas), a cuyos conciertos no pueden entrar los menores de 18 años ni siquiera acompañados por sus progenitores. Todo ello con el pretexto de que se vende alcohol. ¿Sólo ahí se vende? Supermercados, cafeterías, aviones, estadios de fútbol, ¿no deberían ser tratados de la misma manera entonces?

Dejaré al margen de nuevo mi cuestionamiento sobre el por qué de las edades legales para muchas cosas, que es un jardín de demasiada espesura. Pero la justificación de la prohibición debido a la venta de alcohol en los conciertos es cuanto menos una excusa penosa, sin ponernos conspiranoicos.

¿Quieren impedir el consumo de alcohol por los menores en un concierto? Existen los sistemas de pulseras de color por edades. Menor, pulsera roja. Mayor, blanca. Sí, no. Práctico, ¿verdad? Financien y poténcienlo. Fomenten conciertos para todos los públicos libres de alcohol, en salas o en otros contextos. Pero no nos vengan con disparates.

La cosa está inventada hace mucho mucho tiempo. La X del straight edge data de 1980 cuando Teen Idles, la banda de Ian MacKaye (Minor Thread, Fugazi), andaba de gira por la costa oeste de EEUU. Cuando la banda llegó a cierto local de San Francisco, el gerente descubrió que ninguno de sus componentes superaba los veintiún años, edad legal para beber alcohol, por lo que debía prohibir su entrada. Finalmente, la dirección marcó a cada uno de los miembros con una gran letra X negra en la mano para advertir al personal del club que no les sirviera alcohol. Al regresar a su ciudad, Washington D.C., la banda sugirió el mismo sistema a los locales de modo que permitiera a los jóvenes asistir a los conciertos sin servirles alcohol y desde entonces la X fue asociada con la forma de vida straight edge.

Pocos serán los ejemplos de músicos de Pop (de nuevo en plan amplia etiqueta) que no empezaron a tocar en la adolescencia influidos por discos y conciertos a los que habían asistido siendo adolescentes. Pocos madres y padres amantes de la música no desearían poder asistir a conciertos de sus músicos favoritos acompañados por sus hijos.

El Pop es, como viene comprobándose desde hace sesenta años, la herramienta cultural ideal para la muchachada. De hecho son ellos los primeros que tienen que estar ahí. Para quedarse o para irse si no les gusta. Para poder echarnos a los que llevamos un tiempo y proponer otras cosas. O para aplaudir porque la música de gente mucho más mayor les gusta o ayuda. En un concierto de un local libre de humos donde no se sirva alcohol a los menores no hay razón para este disparate.

Normativas como ésta con toda su visión de cierta música como catapulta a los infiernos, no ayudan al cambio de visión, tan urgente, de la música pop como una parte importante de la creación cultural actual. Estamos hablando de algo más que ocio infantil o adolescente. Estamos hablando de un modelo cultural que fagocita y censura a otro. Hagamos que esto cambie. Los chicos son el público y la música de mañana.

Me gusta mucho eso que canta La casa azul: Los chicos hoy saltarán a la pista y arrasarán porque ya no tienen miedo a gritar…

LA COLUMNA DE AIRE. Por Abel Hernández
Artículo íntegro en: http://www.elcultural.es/blog/blogcoment.aspx?ID=19&msj=33445#comentarios

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