El Asteroide Jaimito o Juanito (o como se llame)

[entrevistas]Los de la foto me miraban con cara rara, como diciendo: ¡Y este gilipo… y lo que sigue! ¡Está como una cabra! Baila solo sin saber bailar y aprovechando que no hay nadie, se dice cada tontería que pa qué…

El contador del radiocassette digital se volvió loco, viendo mi locura. Saltaba solo y se ponía a cero cuando quería; iba a su bola. -¡Qué raro!- dije, pero seguí a lo mío –Puede que alguien esté dentro de él manipulándole. El mundo está lleno de rarezas y de manipuladores.

El gua gua del guitarrista de uno de mis grupos menos favoritos se burlaba de mí con su insistente gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua, gua. Trece veces me lo dijo.
-¡Coño, una más, que el catorce es mi número favorito, junto con el ciento catorce y el ciento catorce mil, aunque éste último un poco menos.
Pero pasó de mí, ni una más. Trece fueron las veces.

Y en medio de tanta locura transitoria no tengo más remedio que, con resignación, admitir que, por un motivo u otro, nunca tengo tiempo para contar de un tirón los sesenta mil pensamientos que pienso cada día. Me gustaría organizarlos en grupos, para simplificar, porque hay muchos que se repiten, pero siempre hay algo que me obliga a cortar la cuenta, por lo que nunca acabo. Creo que es una causa perdida.
Aún así, doy por buena la cifra, pues aunque parezcan muchos hubo uno que los contó y ése que lo hizo, es de mi total confianza. Así pues, lo doy por bueno. Y eso es lo que hay respecto a este asunto.

Y aún así (otra vez aún así), digo que cuando se habla de mi locura transitoria yo suelo aclarar que de transitoria nada, que lo que es, es, porque además, gracias a ella, en medio de ella, uno puede cometer equivocaciones y darle a la tecla equivocada, sin querer o queriendo, que tampoco pasaría nada, aún a riesgo de poner el contador a cero sin necesidad de meterse dentro del aparato, pues al final, todo se puede justificar diciendo lo que yo decía cuando era pequeño: Equivocación tiene perdón.

Y bien es cierto, tanto que no hay nada que no se arregle con una flor y un beso y si es una rosa, mejor y si es un beso a un florero lleno de rosas, mucho mejor todavía porque creo que debiera tenerse en cuenta el buen propósito que me he propuesto en fecha reciente, que es que a partir de ahora, por respeto a mi salud mental, hay dos cosas de las que ya no pienso volver a hablar, pues mi salud (la mental) tiene todo el derecho del mundo a gozar de la mejor salud posible, así pues, no voy a hablar de ninguna de las dos, como buen sabio que soy y como bien sabe el Sol, al que saludo cada mañana cuando salgo a la calle, diciéndole: ¡Buenos días, querido Sol! ¡Qué bien alumbras! Otros días le digo lo mismo pero diciéndole: ¡Qué bien, que alumbras! Que no es lo mismo, aunque parezca igual.
Y también saludo a la Luna, a quien cuando se acuesta, le digo: ¡Buenos días señora Luna! Al tiempo que le echo una mantita por encima para que no coja frío, si lo hace (si no lo hace, no). Le echo una manta llena de fotos grabadas con todos los demás satélites del sistema al que pertenece, para que duerma en compañía de toda su familia.
Y le doy los buenos días al mundo, diciéndole: ¡Buenos días, Tierra! ¡Lo que tienes que aguantar!
-Empezando por ti – dijo por lo bajini para que no la oyera, la muy cabrona.
-Y le doy los buenos días a Dios, al que digo: ¡Cuanta confusión en torno a ti, jodío!
Y también le doy los buenos días al viento, pidiéndole, con todo el respeto, que no me descoloque el pelo y él se enrolla soplando alrededor de mí; a mí, no.

Y después de eso, me fui a una estación, un día como el de hoy pero en otro día, para irme de viaje.
-Vengo- dije al taquillero que estaba metido dentro de una burbuja que estaba metida dentro de la máquina que vende los billetes (desde hace mucho tiempo, ya no hay nadie en las taquillas de siempre; ahora todo va por máquinas) a por un billete para el asteroide Jaimito o Juanito, que no sé bien cómo se llama, el que pasará relativamente cerca de la Tierra, no antes de dentro de veintisiete años y nunca más allá del año tres mil.
A lo que el taquillero, desde dentro de la máquina, me contestó lo siguiente, dos puntos: Todavía es pronto, aún no se han imprimido los billetes para ese vuelo. Venga después de las tres.
-¡Después de la tres, después de las tres! ¡Quién sabe dónde estaré yo después de las tres, puede que vivito y coleando o puede que no.
No suelo hacer plazos a tan largo planes. Lo siento por el asteroide Jaimito o Juanito, llámese como se llame ( que por cierto, tiene una montaña que mide más de los veintidós mil metros de altura de la de Vesta, que tanto presumía de la más alta), pero me subiré en el primero que venga, sea en el siglo que sea y vaya al valle que vaya.

Y así transcurrieron casi todos los días venideros, después de la siesta.

Posdata: Dedicado con todo mi cariño al suelo, al aire y a la ley de la gravedad, que me perdonen cuando les piso sin darme cuenta.
Quiero decirles a los tres que creo en ellos y que les echo de menos cuando no están.

Firmado: Ja-món.[/entrevistas]

Un texto de Jose Luis Rodriguez (Isthar) para Morcuende

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